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Vertiente

Han pasado 49 años, y el baño de sangre al que sometió Gustavo Díaz Ordaz a la juventud, el 2 de octubre de 1968, sigue vigente en la memoria del pueblo.- Murió el legendario maestro creador de los Cobach, Alberto Flores Urbina.

(Lamentable muerte de Alberto Flores Urbina, ex secretario de Educación y Cultura en la Entidad. Educador de profundos compromisos con la juventud sonorense. Fundador del sistema COBACH, ITESCA, UTS, sabedor de que el conocimiento, la preparación académica y científica se constituye en el legado más legítimo y plural para que las nuevas generaciones trasciendan hacia el desarrollo de sus familias y sus comunidades. Excelente guitarra y cantor. Entrego un abrazo solidario a su esposa María Flora Chong, a sus hijos Clarissa, Alberto y demás familiares. Descanse en paz).

Han pasado 49 años, y el mes, el día, las horas de la ignominia, permanecen como una herida en el corazón del pueblo de México.

Como una llaga en la conciencia de los políticos que participaron -artífices y cómplices-, en la masacre del 2 de octubre.

Ha transcurrido de ida y vuelta la llamarada del tiempo. Y los hechos violentos, el sacrificio indecible de miles de jóvenes estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, acribillados por armas reglamentarias, oficiales, para dar una lección de sangre y de autoritarismo a las generaciones de ese tiempo y de los años por venir, para que no se atrevieran a cuestionar, a exigir la construcción del México nuevo, el de todos, el que se negaba en días tan aciagos, y se sigue negando ahora, a los más ignorados indígenas color de tierra, pescadores, campesinos, artesanos, obreros, mujeres, jóvenes, niños, quienes no son parte de la distribución justa de la heredad común que se denomina patria.

Han dejado su huella vientos, lluvias, soles, terremotos, pasando sobre los testimonios físicos en la plaza donde se derramó sangre inocente.

Pero a la memoria de los mexicanos, de las nuevas generaciones, siguen llegando como leyendas urbanas, los relatos de las marchas universitarias. Las proclamas juveniles. Los sueños e ideales que se enarbolaban como banderas y que fueron ahogados en sangre por Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Marcelino García Barragán, entre muchos involucrados.

El entonces presidente Díaz Ordaz, ya había anticipado la decisión de actuar contra los estudiantes; lo dejó testimoniado en su IV Informe de Gobierno del 1 de septiembre de 1968: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite y no podemos permitir ya, que se siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo el mundo ha venido sucediendo”.

Y, efectivamente, un mes después, 2 de octubre, demostró su rabia e intolerancia enfermiza contra los mexicanos… pasando a la historia como asesino.

Los testimonios de hace 49 años, están en los libros. Brotan de la memoria atormentada de los jóvenes de ayer. Generación deslumbrante, tocada por el rayo de las ideas. Iluminada por un horizonte de libertad.

Generación que incendiaba sus cerebros a través de los libros. Leyendo Fundamentos de la Filosofía Marxista de F. V. Konstantinov, a los poetas Evtuchenko, Neruda, Miguel Hernández, Octavio Paz, Walt Whitman, el legendario poeta gris que cabalgó las praderas de Norteamérica, derramando sus versos como lluvia, y cantando: “La libertad exige nuestro esfuerzo, suceda lo que suceda”.

El tiempo maduró como una espiga. Y de aquel 2 de Octubre, donde brotó la sangre casi adolescente de hombres y mujeres. Donde los gritos, se confundieron con la noche, con la metralla, con la muerte, solo queda el Memorial de Tlatelolco. Erosionado por el viento de los años. Perpetuando el recuerdo y el dolor. Convertido en semilla de silencio… Y también permanecen en los listados de la historia, sin haber sido juzgados plenamente, porque la mayoría murió en la impunidad, los nombres de Gustavo Díaz Ordaz, Marcelino García Barragán, Luis Echeverría Álvarez, Miguel Nazar Haro, Julio Sánchez Vargas (PGR), Salvador Toro Rosales (AMP), Luis de la Barreda Moreno, agente del Cisen, entre tantos integrantes del sexenio 1964-1970.

Othón Villela Larralde, poeta que desde la clandestinidad alumbraba las calles con sus poemas convertidos en fogatas, pasaba lista de presente, y aunque permanecía vivo, se contaba entre los muertos:

“Las bayonetas,/ fieras aceradas; clavaron su crueldad en los pupitres/ y en los pechos abiertos de los jóvenes.

“La sangre derramó su son rebelde/ desde la voz truncada por el fuego./ México supo del dolor y el crimen/ y la noche cayó sobre la angustia/ con las arterias rotas…

“¡Gonzalo estaba muerto!/ Guadalupe, abril tamaulipeco,/ no volvió a decir en sus corridos/ las cosas nuevas de su tierra vieja;/ ya ni el corrido injusto de sí mismo./ Cuántas sonrisas frescas/ se cambiaron de golpe por muecas permanentes de distancia/ sin pasar por el huerto del sollozo./ ¿Su delito? Exigir la verdad y la justicia.

“Nunca el verde fue más tétrico y odiado/ que en esta noche que produce un rojo desolado,/ caliente y borboteante,/ con el viaje del plomo despiadado/ que equivocó de rumbo.

“Arriba,/ un general y un presidente,/ embadurnados,/ con su danza mortífera e histérica,/ con la mueca del odio y la injusticia/ en parodia de Herodes y de Hitler…”.

Han pasado 49 años, y la noche de la ignominia permanece como una herida abierta en la conciencia; pero también en la historia de un país, cuya clase política no aprende sus lecciones, y continúa agotando la paciencia de una sociedad impredecible…

Le saludo, lector.