Vertiente

A Mario Luna Romero, convertido en preso político por el Gobierno de Sonora, acusado de ser férreo defensor del legado de la Nación Yaqui: “Que el corazón yoreme siga palpitando”.

Hace 14 años, tuve el honor de forjar el prólogo del libro “Testimonio de una mujer yaqui”, escrito por el integrante de la etnia, profesor Juan Silverio Jaime León, en un legítimo esfuerzo por rescatar la herencia oral de su abuela, Ricarda León Flores, cuyos padres, José León y Refugio Flores Máviz, oriundos de los Pueblos de Vícam y Belem, respectivamente, sufrieron la despiadada deportación como cientos de familias de la Nación Yaqui, hacia Yucatán y Valle Nacional, principalmente, en los años de exterminio racial del Porfiriato.

Es necesario, que la ciudadanía en general, asome su sensibilidad y su inteligencia a la crónica vital de un pueblo valeroso, que ha defendido sus raíces, tradiciones, cultura, idioma, tierras y agua, pero esencialmente su libertad, la que han pretendido arrebatarle desde 1533, primero por los invasores españoles, luego por los gobiernos instituidos en el porfiriato, mismos que se extienden, inevitablemente, a los tiempos actuales, y que se reflejan en la actitud ignorante y cruel de un gobernador panista, que trasciende a las páginas de la historia, como un racista más, quien ordenó, contaminando las leyes con sus ambiciones políticas, la aprehensión del vocero yaqui Mario Luna Romero.

A Luna Romero se le dictó auto de formal prisión, fundamentalmente, por ser una de las figuras más visibles en la lucha de rechazo al secuestro del agua del Río Yaqui, a través del Acueducto Independencia.

Con enérgicas protestas, han dejado testimonio contra el encarcelamiento de Mario, los senadores Ernesto Gándara Camou y Claudia Pavlovich Arellano; el diputado federal Faustino Félix Chávez, asimismo el alcalde de Cajeme, Rogelio Díaz Brown; los diputados locales Abel Murrieta Gutiérrez y Abraham Montijo Cervantes, la dirigente del PRD, Juana Eréndira Bustamante Machado, el regidor del sol azteca Ascensión López Durán, entre muchos ciudadanos más.

Esto es parte del citado prólogo:

Eran los días del exterminio. cuando el gobierno de Porfirio Díaz, daba seguimiento a una lucha despiadada contra la Nación Yoreme, teniendo como objetivo la ambición desmedida por conquistar este vasto territorio sonorense, donde el Río Yaqui hablaba con voz líquida y derramaba sus beneficios entre los Ocho Pueblos y rancherías; pero también, donde el Bacatete se constituía en espacio sagrado, porque en sus alturas, los yaquis se consagraban –y se consagran- hijos de la sierra, del viento y de la libertad, porque así lo había determinado Dios, desde cuando el tiempo se perdía en las estrellas, y los primeros habitantes de las extensiones yoremes estrenaban las silvestres voces del cahita, bautizando aves, mezquites, pitahayos, arroyos, praderas y flores del camino.

Eran los días de la ira y de la sangre derramada.

Cuando los soldados del gobierno federal, ajustaban las miras de sus rifles sobre niños, mujeres y ancianos, y disparaban con perversidad inaudita, como sucedió un 18 de enero de 1900, en la Batalla del Mazocoba, donde, a pesar de que la muerte se volvía llamarada, los yoremes demostraron su valor y murieron luchando, o bien, sacrificando sus vidas lanzándose a la profunda cañada, como una forma de alcanzar la libertad.

Eran los días en que el yori mostraba su odio, y llegaba rapaz y violento a usurpar territorios que no le correspondían, intentando doblegar a seres humanos que sentían –y sienten- la obligación irrenunciable de defender el espacio de su nacimiento –la sierra y el río-, de hablar con voz alta y clara para decir que son parte de este paisaje agreste; que el sol asomando más allá del cerro azul, es su abuelo, su padre eterno; y que la luna y las estrellas, y la lluvia y el viento que canta por las noches cuando rueda por las laderas encrespadas del Bacatete, son parte de su sangre, del ritmo de su corazón, de la forma como aman el recuerdo de sus muertos y de la luz que avizoran en el futuro.

Eran los días en que Juan Maldonado Waswechia, El Tetabiate, resplandecía con su pureza de caudillo y como si fuera un relámpago de agosto, combatía las injusticias, dejaba caer su fuerza y su coraje contra los usurpadores los que habían llegado del sur corrompiendo a sus hermanos, los que llevaban, ahora, como hierro candente en la frente, el estigma de torocoyoris.

Eran los días en que la mujer yaqui, como Ricarda León Flores (abuela del autor de este libro, Juan Silverio Jaime León), se constituía en la principal protectora de las tradiciones, costumbres e historia de la Nación, alimentando el amor por el territorio ancestral, arrojando las piedras del desprecio acumulado contra el yori bandolero y dándole de mamar a sus hijos los calostros de la dignidad, para que defendieran con su sangre el territorio heredado por sus mayores.

Desde ahora, Juan Silverio, deberá hacer un pacto solidario con su raza. Difundir el libro entre los integrantes de la tribu, especialmente tocando a las nuevas generaciones, para que la voz de Ricarda, su abuela, no se apague, porque en ese torrente de recuerdos persisten también los anhelos de los viejos Kaujomes, hombres forjados en el Bacatete, quienes llevaron siempre encendida la llama de su amor por la sierra y el río y que buscaban el bienestar de la tribu, más allá de envidias y rencores, más allá de divisiones estériles, más allá de ambiciones personales, porque sabían que la unidad, la altura de miras, la visión de un futuro limpio y en paz, sería la mejor herencia para los nuevos yaquis, los que vendrán en el transcurrir del tiempo, y que harán, también, el juramento sagrado encaminado a defender la Nación, el idioma, las tradiciones, el recuerdo de los muertos, los que cayeron en el Mazocoba, en el Tetacombiate, en el Buatachive, en el Bátachi, y en tantos lugares más, para que el corazón yoreme siga palpitando como un tambor ceremonial, llevando su mensaje de eternidad más allá de Cajeme y de Lilibá, más allá del Jiak Batwe, más allá del Bacatete altivo, como lo soñó Ricarda León Flores.

Le saludo, lector.