Vertiente

Una oración de paz y buena voluntad.-  Se vuelve preciso que los seres humanos se reencuentren, porque todo es posible en estas noches llenas de magia.- Dejémosle el odio a los enfermos de poder, a quienes llenan su corazón con ambiciones

Escribo una oración de paz.

Recorro caminos empolvados por el tiempo y la distancia.

El Cajeme de llanos y soledades, donde las casitas de paredes de carrizo y barro, alumbradas tenuemente en su interior por lámparas de petróleo, se hundía en el silencio del invierno. En la neblina que viajaba con lentitud desde la extensión húmeda del valle, proveniente del mar.

A veces, la niebla se trastocaba en llovizna. Y los niños de entonces, los que contábamos uno a uno los días de diciembre,  esperando que asomaran los primeros rayos de luz de la Nochebuena, como los adultos, nos refugiábamos en los chinames, deshojando relatos silvestres, o escuchando la voz rural de los mayores, como los ecos de rumor marino de Juan, mi padre. O desgranando la leyenda del Caminito de Santiago -Vía Láctea-,y las vicisitudes del Señor San José y la Virgen María viajando en un burrito, sintiendo los avisos del parto, vislumbrando las luces de Belén, de María, mi madre.

Cierto, son ahora otros tiempos. Y la ingenuidad de las generaciones de ayer, fue sepultada por la tecnología, la que define que Dios no se encuentra  en el cielo, tras una nube o una galaxia; pero que establece la infinita grandiosidad del universo, donde palpita el corazón de la vida…

Sólo que estos tiempos dejan un vacío en la mente de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes. Y la vertiginosa oportunidad de encontrar respuestas sin misticismos, sin la magia del asombro, va forjando una vertiente oscura en el genoma del hombre nuevo, pragmático y frío, sin amor por los seres, sin respeto por la vida, lo que se refleja en un mundo acechado por la violencia…

Sin embargo, los padres de hoy, las madres de hoy, quienes aún guían a sus niños tomados de las manos, tienen la oportunidad de revertir el caudal frío y enfermo de la indiferencia.

De sembrar en las conciencias infantiles, en la inquietud adolescente, la semilla de luz del respeto. Del amor, De la humildad. Porque sólo quien se ama a sí mismo, puede amar a los demás.

Descubran ahora, cuando inexplicablemente surge un anhelo de acercamiento entre los seres humanos, junto a sus pequeños, sin egoísmos, sin odios enfermizos, sin ambiciones perversas, que la paz en la tierra es para los seres de buena voluntad…

Todo es posible en estas noches mágicas, cuando se acerca Navidad… en la que sigo creyendo como cuando fui niño…

Le saludo, lector.