Vertiente

Crónicas para la historia 2.- Esta noche es Nochebuena, y mañana Navidad.- Parecía que el chiname en que vivíamos, era el único en mitad del llano.- Las familias compartían alimentos y los adultos brindaban por la vida y la esperanza…

No tengo otras palabras con qué contar las cosas del ayer, mis recuerdos niños.

Son, ciertamente, los mismos verbos, idénticos adjetivos, y por supuesto, añoradas vivencias que se tatuaron con sol, frío y lluvia, en la piel del alma.

Por eso, a pesar de crisis, de aceleramientos políticos, del fantasma de la violencia que cabalga caminos preocupantes, la cercanía de la Nochebuena, del nacimiento de Jesús El Cristo, me motivan, y desempolvo mis herramientas de juglar, de cronista de sueños y vivencias, y comparto con ustedes, esta copa llena de nostalgia, de paisajes sembrados en la tierra, donde brotaban como mezquites y girasoles, en la soledad de los caminos, o a la orilla de las calles de mi infancia, las raíces de una comunidad que se fortalecía día con día, logrando su desarrollo asombroso.

A pesar de que el frío aullaba, afuera, y lograba colar sus cuchilladas por las rendijas de carrizo y barro de los chinames del barrio, los niños de las décadas de los cuarenta, cincuenta, eran felices.

A veces la lluvia caía pertinaz, dándole tonalidad plomiza a la tarde, y las aves buscaban refugio temprano, porque el viento cabalgaba sin freno, entre la soledad de los llanos.

Los días, eran diferentes a los que ahora se viven, porque las familias de ayer sabían mirarse a los ojos. Contarse tristezas y esperanzas. Compartir en fechas señeras, como Nochebuena, Navidad y Año Nuevo, la luz del sentimiento limpio, el pan tibio horneado en casa, barbacoa, tamales, menudo; brindando los adultos con ron y tequila, como Habanero Palma, Viuda de Martínez, Club 45, Ollitas de Oaxaca, que adquirían en las cantinas de ese tiempo, como El Oviáchic, de Nacho Acedo, ubicada en las calles 6 de Abril, entre Durango y Zacatecas; La Burrita, Los Gatitos, La Cananea, La Sierra Mojada, El Oso Blanco, enclavadas, casi todas, en las áreas de la Galeana, No Reelección, entre Tamaulipas y Colima.

Esta noche es Nochebuena. Hará frío, anuncian los reportes meteorológicos.

Y usted y yo, lector, lectora de esta crónica, tendremos oportunidad de recordar nuestras raíces. De revivir la risa jubilosa del niño que ayer fuimos. Pero también, de abrir nuestro corazón, nuestra capacidad de asombro, para darles esencias colectivas al pan, la luz y la bienaventuranza.

Cierto. Ayer, en el Cajeme antiguo, el invierno traía entre sus tejidos de agua y brisa, rumores de nostalgia, de incertidumbre…

Se escuchaba el murmullo del viento, por las noches, cuando corría como sombra, envolviendo los recuerdos que revivían la cicatriz de la tristeza; pero motivando, también, los acordes jubilosos de la esperanza, con su guitarra azul...

A veces, el frío dolía, cuando bajaba aullando por las laderas del Bacatete, y sus cuchillos helados traspasaban las paredes endebles de carrizo y barro de los chinames. Arrancaba notas silvestres a la fronda de los mezquites. Se arrastraba sollozante sobre la inmensa pradera y se desvanecía entre la arena blanca de la isla Huivulai, donde el mar alarga eternamente sus voces líquidas convertidas en neblina, para lavar las costras de la tierra.

Yo conocí la canción silvestre del invierno.

Pero pasó el tiempo, tocando su tambor eterno. Ya no cruzan las aguilillas el cielo de Ciudad Obregón. Los barriqueros, quienes surtían de agua a los hogares, abasteciéndose en los tinacos de la Seis de Abril y Coahuila, y de la Jesús García y Colima, con sus barricas de madera sobre carretas movidas por caballos, con sus monederos de cuero a la cintura y su mirada infinita, fueron borrados de la memoria del pueblo por el progreso. Llegó la incipiente modernidad. Y lámparas y cachimbas, fueron guardadas en el ayer, para que alumbraran solamente la huella de Dios...

Esta noche es Nochebuena. Con su llegada, luego de un crepúsculo rojizo, con aves bebiéndose el último rayo de sol al ir en pos de sus nidos, rebasando la distancia y el adiós, harán que broten los recuerdos. Caerán como una lluvia llena de nostalgia...

Los adultos volveremos a ser niños, desandando senderos, olvidando las pasiones y golpes de la vida, para soñar con el nacimiento de Jesús, El Cristo, en la humildad de un pesebre. Reviviendo su lección de paz, de amor. Sentimientos que, a pesar del paso del tiempo, no han sido aprendidos, ni siquiera valorados, por quienes tienen sembrada la ambición ciega y el odio en sus corazones...

Esta noche es Nochebuena, y en los tiempos lejanos de los cuarenta y cincuenta, parecía que el chiname en que vivíamos, era el único en mitad del llano. Ese sentimiento de soledad se hacía mayor durante el invierno y en la época de lluvias.

El viento frío de diciembre se desplazaba, con su silbido agudo, por entre calles y veredas. Y en el verano, los truenos y aguaceros torrenciales pretendían arrasar la casita hecha por las manos de  mi padre Juan Elenes, y las de su tío Pedro Villegas y su primo Pedrito, en la esquina de las calles 6 de Abril y Tamaulipas.

Ahí, entre la furia de las tormentas, recuerdo a mi madre llena de entereza, venciendo su propio miedo para infundir valor en sus pequeños hijos, dejando escapar palabras de aliento, apoyándose en cuentos y leyendas para desviar de nuestras mentes el azote del agua.

Cajeme despertaba. Construía las estructuras de su progreso. Nacía la presa del Oviáchic (1947-1952). Se abrían horizontes promisorios, indicios de una realidad evidente.

Pero las lluvias exactas, irrenunciables en los meses de julio, agosto, septiembre, con sus lanzas líquidas cayendo en el valle y en el pueblo, creando grandes lodazales en las calles, y haciendo que surgieran monótonos conciertos de ranas cuando llegaba la noche, se grabaron para siempre en mi alma…

La imaginación infantil buscaba espacios. Ventanas. Horizontes. Y a la breve luz de la lámpara de petróleo, mientras mi madre desgranaba las frases precisas y limpias del Padre Nuestro, para que nosotros lo repitiéramos antes de dormir, yo volaba con las alas de mis sueños y forjaba mundos, sin saber que traía el corazón herido por la poesía…

El amor por la vida, por la libertad y la esperanza, se lo debo a mi madre.

Ella me regaló una Nochebuena, las parvadas de gorriones que cruzaban el cielo limpio del valle. Me dijo que eran para mí, que los cuidara siempre; que las tortolitas eran las gallinitas de Dios y que no debíamos hacerles daño. Me contó la dulce leyenda del “Caminito de Santiago” (Vía Láctea). Me llenó de luz y de respeto por los seres de la Creación.

Fueron, sin duda –ahora lo sé bien-, las mejores Nochebuenas de mi vida, porque me saturé de libertad y de sueños florecidos. Porque aprendí a escribir las palabras amor, humildad y justicia, sobre la tierra, con la mano de mi madre puesta en la mía, para que las letras se llenaran de sol… y crecieran como espigas…

Esta noche es Nochebuena, y mañana Navidad…