Vertiente

Renovada carta de navegación para El Diario.- Setenta y cinco años escribiendo la historia de Cajeme y de Sonora, fue heredad de Jesús Corral Ruiz.- Por su Sala de Redacción pasaron los mejores reporteros y columnistas de la Entidad.- Sus planas, estuvieron abiertas a poetas y escritores

¿Cómo callarlo?

Yo supe de sus sueños. De sus grandes proyectos.

De sus vivencias y batallas en el periodismo.

De su pasión por compartir la sabiduría que el tiempo y la experiencia le habían dado en este bello y controvertido oficio, y en la vida misma.

Supe, puntualmente, de su filosofía liberal. Su trazado en el espacio triangular de la masonería, donde, me explicaba, mientras mostraba aquel anillo de oro con el grabado resaltado del compás y la escuadra, que esos símbolos eran para medir las dimensiones del hombre, sus abismos y sus universos…

Supe quiénes fueron sus amigos, pero también sus enemigos. A los que, finalmente perdonó, porque su generosidad de hombre de bien, su visión de grandeza, no podía albergar odios enfermizos.

Y hoy, don Jesús, Maestro y Amigo, pese a que usted andaría en los 98 años de vida (La Colorada, Sonora, 6 de octubre de 1919), sé, también, que se mostraría lleno de tristeza de ver cómo la barca de papel, letras e ideas -El Diario-, a la que soltó amarras un 9 de abril de 1942, abate banderas, y lo hace herido en su historia. Renunciando a su ideal y su tiempo. Su dimensión liberal y justa, porque ya no hay Quijotes, don Jesús, de su estatura.

Su periódico, Maestro, que en realidad era su prodigioso Hijo Mayor -usted lo supo siempre, así lo concluíamos en nuestras charlas-, fue el libro en el que muchas generaciones aprendimos a leer y a escribir. A sopesar la realidad histórica. A definir las expectativas de la justicia social. A sostener principios y valores en las demandas comunitarias, las que se constituyeron en la primera piedra que marcó la ruta del desarrollo de Cajeme, buscando la distribución equitativa de la riqueza.

Pero también, su Diario, fue aula formidable donde se forjaron generaciones de periodistas que luego diseminaron sus conocimientos por la geografía sonorense, como Bartolomé Delgado de León, Carlos Moncada, Francisco y Tere Gil Gálvez, Mario Vázquez Jiménez, Álvaro Zepeda Neri, Albérico Goycochea, Horacio Roldán, Esteban Valle, Manuel Burrola, Salomón Hamed, Antonio Castellanos Olmos, José Escobar Zavala, Rafael Orduño, Pedro y Gilberto Márquez Trujillo, Alejandro Oláis, Fernando Romero Santander,  Moisés Ortiz López, Víctor Manuel Zárate Urbina, Manolo Sánchez Hidalgo, Heriberto León Peña, Rafael e Ismael Montaño Anaya, Esteban Valle, Adrián Olea Barreras, Mario Castro, Alfonso Araujo Bojórquez, Esteban Carrasco, Mario Figueroa, Rogelio Barraza, David Guzmán Chávez, Cesáreo Pándura, Miguel Cebreros, Juan Meza, Miguel Ángel Alvarado, Marielos Fierros, Jesús Osuna, los hermanos Miguel Ángel, Abel, Trinidad y Javier Morales, Ramón Alejandro Mena, Francisco López, Jesús Rivera, Manuel Ramírez, Faly Camacho, Dimas Norberto Ochoa,  Ramón Iñiguez Franco, Jesús Antonio Salgado, Luis Armas, Bertha Alicia González, Marco Antonio Palma, Juan Barragán, Arturo Campos, Cuauhtémoc Mávita, Sergio Ibarra, Eduardo Flores, José Gómez Escobar, Maritriny Sánchez Montoya, Esther Rosas Becerra, Claudia Guadalupe Pérez, Patricia Montoya, Sandra Barraza, Mirna Araujo, Dulce María Juárez, Sixto Román, Maricela Núñez Ortega, Yadira Montoya, José María Cerecer, Becker García, Pedro Ayón, Moisés Cano, Edmundo Galaz, Javier Saucedo, Aracely Martínez, Javier Romero, Humberto “Cacho” Angulo, Martín Mendoza, Miguel Ángel Vega, Fabiola Navarro, Herminia Ochoa, Francisco Angulo, Gerardo Robles “El Mago”, Servando Rubio, y tanta gente que le dio prestigio al Diario desde sus trincheras como reporteros, columnistas,  fotógrafos, encargados de secciones.

Asimismo, se definían en fogata que alumbraba el paisaje de la creación literaria, Bartolomé Delgado de León, Carlos Moncada, Miguel Sáinz López Negrete, Juan Eulogio Guerra Aguiluz, Rafael A. Ramos, José L. Guerra, Manuel Burrola, Herón Padilla, Jesús Grijalva, Jorge Lara Castellanos, Eustolio del Río, Mayo Murrieta, Gaspar Juárez, José Meraz, Jesús Antonio Salgado, María Constanza, Alejandro Mungarro, Alí Sierra, Daniel Delgado Saldívar, Mara Romero, Mario León Uriarte, Alejandro Román Rivera “Luciano”, Carlos Verduzco Meza, Rigoberto Badilla, Juan Manz, Irma Arana, Francisco Sánchez, José Manuel Franco, Ricardo Nieblas, Emma Clark, Glafira Osorio, Andrés González Prieto, Magda Irma Palomares, Santos García Wíkit, Rogelio Arenas, entre muchos personajes, quienes le confirieron dimensión y luz a la narrativa, la poesía, el ensayo, como después lo siguieron haciendo el puñado de colaboradores del Taller de Literatura, que yo coordiné diez años, y luego Ramón Iñiguez Franco, con Quehacer Cultural.

A estas alturas, El Diario cierra la etapa más trascendente en su vida, la de su nacimiento. Ciertamente, su rumbo primigenio, comprometido con Cajeme, con Sonora, se había desviado cuando en su ausencia terrenal don Jesús, se izó en su barca la bandera azul de Guillermo Padrés, diluyéndose la guía estricta, la carta de navegación liberal, juarista, trascendente, heredada por usted.

Como también nos heredó a sus amigos cercanos el amor por la literatura, por la bohemia, por el bolero fino, como aquellos versos singulares y llenos de nostalgia de Gonzalo Curiel que usted solía musitar antes de partir hacia la eternidad: “Hay que marcharse a punto/ de que la luz se acabe,/ hay que dejar el puerto/ antes de que anochezca./ Y enderezar la vela blanca/ de nuestra nave,/ hacia otro rumbo,/ donde otro amor florezca...”.

Se cierra un ciclo con raigambre y frutos en el periodismo de Sonora. Se abren nuevas esperanzas con los cambios que vienen, que seguramente serán promisorios, porque un exitoso empresario y político cajemense ha rescatado al periódico en su agonía.

Tengo cierto que sobrevive su nombre don Jesús, en esos largos 75 años de historia, y dará espigas en los que vienen, como referente y ejemplo del fundador delDiario, siendo un joven lleno de ideales que no cumplía aún los 23 años de edad, pero que fue capaz de retar al tiempo y a la vida, para sembrar la semilla de su horizonte humano y profesional.

Puedo, hoy, en el recuerdo, mirarlo de frente como siempre lo hice, Maestro, y poner en sus manos nuevamente aquel poema que escribí para usted cuando su Hijo Mayor llegó al cincuentenario hace 25 años, ocasión en que por primera vez vi lágrimas en sus ojos…

Ya no hay Quijotes, don Jesús, de su estatura:

Arrimo los tizones de mis versos.

Le pongo nombre al viento. Construyo quimeras con el humo. Escribo sobre el manto de las sombras.

Surge el poema. A veces trasciende en grito herido que recorre la extensión del valle. Luego, suele ser murmullo entre el temblor de la hojarasca.

Finalmente, se convierte en poema lleno de gratitud humana, para recordar al Maestro y al Amigo:

Señor, con esta misma voz con la que forjo en las mañanas/ oraciones de tierra./ Con esta misma voz que ha aprendido a darle cauce a las pasiones./ A conjugar con humildad/ vocablos ignorados/ como Amor. Justicia. Libertad./ Con esta voz que grita y se estremece cuando golpea/ el infortunio a los humildes,/ le hablo y le digo,/ que ha trazado un camino perdurable./ Que junto a la ortiga, abre sus pétalos la flor/ e inunda con aromas su horizonte./ Que el valle, la sierra, la costa, la distancia,/ saben llamarlo por su nombre./ Porque es usted Sonora,/ conjunción de Padre-Hijo./ De sangre renovada en el río sin límites del tiempo.

Yo sé que hoy se le vendrán de golpe los recuerdos,/ e intentarán abrir su luz las cicatrices./ Pero, ¿cuántas batallas no han pasado por sus manos?/ ¿Cuánto rumor de sueños no se han vuelto semilla/ en la parcela vertical de su conciencia?/ ¿Cuántas ideas no han sabido derramar/ sus pródigas espigas?

Ya la maldad no moja sus raíces./ Y las injurias se quiebran en su pecho/ como torrente de aves derrotadas.

¿Quién puede, ahora, vestirse su armadura/ y cabalgar las sombras/ inventando sin tregua la alborada,/ como lo hizo usted, desde un lejano abril/ que huele a tinta, letras, lágrimas?

¿Quién puede enseñar a los demás a navegar un Barco de Papel,/ a edificar -por vocación y compromiso y gratitud-,/ la historia cotidiana de Cajeme,/ a darle brillo a la memoria de Sonora?

Hay una deuda con usted, que no será saldada.

Ya no hay Quijotes, DON JESUS, de su estatura.

Le saludo, lector.