Vertiente

La memoria de la fundación de Cajeme debe trascender.- En verdad, las actuales y futuras generaciones obligadas a demandar su acta de identidad y proclamar, ante ellos mismos y el mundo, cómo nació este pueblo.- Día de Muertos, tradición llena de fe

Abre sus raíces noviembre, penúltimo mes del año.

La esencia de hechos y circunstancias que se forjen en este trayecto, tendrán que ser parte de la historia por razones naturales.

La memoria comunitaria los guardará como acontecimientos que remarcarán el nacimiento de un poblado valiente, corajudo y progresista, que sabe defender su heredad colectiva, y luchar contra las injusticias.

El próximo 30 de noviembre, Cajeme cerrará 90 años en el devenir de su fundación como Municipio. Los hombres y mujeres que le dieron trazo y luz, serán recordados en actos señeros que programarán las autoridades, como sucede año con año.

A finales del mes, madurarán en la memoria colectiva, 90 años en que Cajeme se erigía como Municipio, luego de haber dibujado en el paisaje agreste desde 1907, su silueta, contra el horizonte de lo que ahora es Plano Oriente (colonia Benito Juárez) con una casita de madera y un tinaco, parte visible del pozo ahí perforado, que abastecía de agua a las máquinas del ferrocarril que llegaban anunciando el progreso, primero a Estación Corral, luego a la recién inaugurada Estación Esperanza y seguía hacia el sur, pasando por estas latitudes aún inhóspitas.

Cierto, poco a poco se marcharon dormidos entre aromas silvestres de recuerdos, los viejos de aquellos tiempos, que, con voces llenas de eternidad relataban cómo hacia 1912, se construyó otra vivienda más, un embarcadero, un expendio de bebidas y de artículos de cuero, un almacén para pasturas, en lo que sería el primer núcleo de un Cajeme portentoso y abierto a los horizontes.

De esta manera, para 1923, esa semilla emergió silvestre desde la tierra virgen del Plano Oriente, para erigirse como Congregación, luego, en 1925, alcanzó nivel de Comisaría, con 450 habitantes, apuntando hacia el futuro. Y en 1927, por fin, un 29 de noviembre que huele a júbilo y distancia, se decretó la Ley Número 16, publicada en el Boletín Oficial al día siguiente, 30, erigiendo a la Comisaría rural, de calles desnudas y cielo límpido por donde cruzaban las aguilillas y otras parvadas, en municipio libre.

Cajeme es amalgama de sueños y realidades. De nombres visibles en su fundación prodigiosa. Pero también de manos y sentimientos anónimos que sembraron su sangre y sus vidas, como cimiento vivo de un pueblo que aprendió a fortalecer sus espigas de luz y a construir su crónica de hoy y del futuro.

La historia, pues, es estricta y no admite concesiones.     

Por eso, mientras más años se acumulan en el caudal de la fundación de Cajeme, más crece el recuerdo de quienes lo construyeron con vocación limpia que solamente la gente de pueblo sabe preservar, de aquellos que se marcharon con su paisaje rural a cuestas, con sus bagajes de sueños calcinados por los soles de agosto, con los relatos escritos por la vida, en sus rostros y en la piel del alma.

Tengo cierto que las autoridades municipales de ayer y de ahora, en su vertebración administrativa, se esfuerzan en reconocer a esos hombres y mujeres que permanecen en el olvido, y que no están representados en la formidable estatua a Los Pioneros, ni en las placas con nombres grabados que subsiste en Palacio Municipal.

Creo que ese reconocimiento podría ser la creación de un museo que se constituya en semilla y flor de Cajeme. Donde estén vigentes las aportaciones en fotografías, aperos de labranza, armas, utensilios de cocina, muebles, y tantos objetos que fueron parte del ayer, y que hoy servirían de lección viva para las nuevas generaciones.

Es preciso que la memoria de Cajeme no se extinga.

Es necesario que los niños y jóvenes de hoy y de mañana, sepan que en los cimientos de la comunidad hubo gente que contribuyó a darle rumbo a sus raíces. Trazó calles, construyó escuelas, hospitales. Abrió torrentes de alegría con su música, su genio, su solidaridad humana, sin lograr más fortuna que la satisfacción de haberle dado vida al pueblo que el próximo 30 de noviembre  cumple 90 años como Municipio.

¿Por qué no lograr que las actuales y las autoridades que vienen, siembren y hagan florecer la semilla de una obra señera que se convierta en puente dispuesto a definir el horizonte pretérito del terruño solariego hacia el futuro, para que en él se refleje la capacidad de asombro de las actuales y de las nuevas generaciones, y sepan, comprendan, de dónde vienen y para dónde van?

Un museo, debe constituirse en ventana abierta hacia una realidad de esfuerzo y trabajo que ayer fue. Espejo fragmentado de acontecimientos y luchas. De anhelos y emociones. De testimonios, para que los caminos de los niños, de los jóvenes actuales y de los que vendrán, definan la consistencia de sus huellas. La estructura colectiva de su estirpe. El río de la vida que no cesa, y que demanden su acta de identidad, para que sepan aquí y  proclamen ante ellos mismos y el mundo su raigambre, cómo nació este pueblo, su pueblo, nuestro pueblo…

Día de Muertos, tradición con magia y misticismo. Tiempo en que se reafirma la fe del retorno de las almas a la tierra, sus sepulcros, por los caminos de la memoria, el amor y la emoción de sus seres queridos.

Las tradiciones constituyen el alma de los pueblos. En ellas radica su visión de eternidad, cuando se preservan; o bien, se exponen al recuerdo tatuado en humo, al borrarse del sentimiento de la gente.

En los panteones de Ciudad Obregón (Nuestra Señora de Guadalupe y Nuestra Señora del Carmen), permanece la historia de miles de personas que se llevaron consigo sus vivencias, mismas que afloran en el ceremonial de la invocación, cuando sus descendientes desgranan pasajes y anécdotas de quienes trascendieron hacia la eternidad…

En la Nación Yaqui, la conmemoración del Día de Todos Santos y Fieles Difuntos, es de las más importantes esencias de sus tradiciones.

Las prácticas religiosas arraigada en las familias de ayer y de hoy, conjugan creencias ancestrales y valores de la doctrina cristiana sembradas en la memoria y en el sentimiento de la tribu, desde la llegada de los sacerdotes jesuitas Andrés Pérez de Ribas y Tomás Basilio, quienes entraron con la cruz y no con la espada, a territorio yoreme, el más rebelde e indoblegable del orbe –como lo reconocieron los peninsulares-, que fue capaz de vencer a los españoles comandados por el capitán Diego de Guzmán, en 1533; y 74 años después, a las tropas del capitán Diego Martínez de Hurdaide.

La entrada de los religiosos al Yaquimí, fue a petición de la misma tribu, al reconocer que los mayos, donde se habían asentado los españoles, mejoraban aprendiendo formas de cultivar la tierra y artesanías.

Y la invasión, que en otros pueblos de México se dio con arcabuces y espadas derramando sangre aborigen, en la Nación Yaqui fue por el misterio de la religión, asimilada por los yoremes, quienes la agregaron a sus creencias y devoción por la naturaleza, el sol, la luna, el viento, el agua, las estrellas.

Desde esos tiempos viene la nueva concepción del culto a los muertos por los yaquis. Sus creencias maravillosas de que los seres, al morir, transitan perdidos en el cielo, buscando el camino que conduce a la casa del Padre Viejo, el Itom Atchai.

Por ello, hoy, 1 de noviembre, en los patios de las casas de familias que tienen en sus libros de muertos anotados a sus niños, lucirán los tapancos adornados con flores de papel y naturales, aunado a las ofrendas de alimentos, frutas, agua, hasta donde llegarán las cantoras y temastianes de la iglesia, a cumplir con sus rezos y cantos.

Y el día 2, memorial de los difuntos, los cantos y rezos se esparcirán ante las tumbas adornadas con flores y velas en los panteones, donde las cruces de madera silvestre se levantan desde la tierra, frente a las iglesias de cada pueblo…

Le saludo, lector.